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miércoles, 9 de noviembre de 2016

ESTHER BENGOECHEA


DE REPENTE, TE CAMBIA LA VIDA




Cuando me diagnosticaron una enfermedad neurológica degenerativa - pero no mortal - tenía 38 años, tres hijos de entre 2 y 7 años y un trabajo a jornada completa.  

 Al principio, no entiendes nada.  Esa “sentencia” de por vida es demasiado dura de asumir y te bloqueas.  Pero luego, si tienes suerte, te sale la luchadora que llevas dentro, aunque tú no lo sabías.

 Lo primero fue una pregunta típica en estas situaciones: ¿por qué a mí?  Y yo tuve la suerte de contestarme ¿por qué no a mí?   Tenía una vida feliz...

con mi marido y mis hijos, mi trabajo, amigas, aficiones, así que me planteé: si esto tan duro le tiene que pasar a alguien, mejor que tenga una vida completa y pueda enfrentarse a ello con esos apoyos.

 Fue bastante descorazonador, pero una vez asumida la situación, te planteas que por ti no va a quedar.  Lucharía a fondo.   Lo primero que hice fue informarme sobre mi dolencia y descubrí que era fundamental enfrentarse a ella con una mentalidad positiva, que la gente que entraba en depresión aceleraba el curso de la enfermedad.  

 Tras pensarlo a fondo, tomé una decisión que me ha ayudado mucho hasta ahora.  Mi vida se había partido en dos:  la Esther que vivió hasta los 38 años feliz, sin problemas y dando todo por supuesto y la nueva Esther que a partir de entonces iba a tener que luchar como una jabata el resto de su vida.  Además la vida no te cambia solo a ti, tu marido y tus hijos también lo sufren y si ellos te apoyan, no tienes derecho a no luchar.

 Decidí que no me iba a lamentar por todas las cosas que la enfermedad me iba a ir robando.  Al principio, dejas de golpe de poder jugar al tenis, luego ya no puedes nadar, unos años después no puedes pasear, porque te agotas.  De repente descubres que necesitas bastón para caminar…  suma y sigue. 


 Pero al mismo tiempo, descubres que hay muchas cosas que sí puedes seguir haciendo, cosas más enriquecedoras, leer, cine, ver exposiciones, viajar – aunque de otra forma más sosegada – una vida más tranquila pero más gratificante.  Y sobre todo, disfrutas de todo a fondo.  No das nada por garantizado, no sabes cuánto va a durar y lo saboreas a tope.  Es como si tu  percepción de las cosas se hubiera multiplicado y eres plenamente consciente de todo.

 Si pudiera, me gustaría recuperar la salud que disfrutaba en la primera etapa de mi vida.  Pero me gusta mi forma actual de enfrentarme a las dificultades que van surgiendo y cómo la vida cotidiana me parece mucho más fácil de lo que pensaba antes. 

La enfermedad me ha cambiado y aunque no podía imaginarlo, a mejor.